Quebrantahuesos 2015

Sacrificio de mudarse de ropa al llegar a casa para hacer varios kilómetros.

Esfuerzo de madrugar fines de semana con el despertar del gélido viento proveniente de la cordillera.

Tesón de subir los pequeños puertos que visitan tu trayecto en un reto contra tu estado de forma anterior.

La cita de la Quebrantahuesos (QH) es la eclosión de tu trabajo personal. Primavera ciclista cuyos brotes desprenden la energía invertida para hacer florecer los kilómetros sobre las bielas de tu bicicleta.

Conocerse y respetarla es el lema que todo participante lleva inscrito en sus piernas. Desde la salida, nervios de volver a ver 11.000 deseos y propósitos que se materializan con cada golpe cíclico.

Dejar atrás Sabiñánigo para adentrarse en la autovía del goce hasta Jaca. Se busca compañero de viaje, requerida buena planta, que tire sin descanso y no me saque de punto. Es el autoestopista clásico que llega a Somport y que afila sus armas ante el primer punto de esfuerzo del día: Somport.

Somportsummus portus en latín, Puerto más alto en definición, Primer escollo para la gloria. Los kilómetros se acumulan y su pendiente invita a acelerar. Es un banquete en el que los comensales  serotonina y dopania se agolpan por acaparar el primer plato.

Calma. Conocerse y respetarla. Las horas te hacen ser prudente y encarar Somport sin quinta marcha. Arriba, al coronar, el descenso es vertiginoso. Los ciclistas se multiplican, los caminos se abren, ruedas en paralelo, curvas en herradura y tiralíneas conforman el espectro geométrico.

Las fuerzas se recuperan y el cuerpo se prepara para un segundo envite. Marie Blanque lleva su nombre. Bajo el puente de Escot, el giro a la derecha carga las armas con el cambio de plato. Dulce golpe metálico que nos postra a los pies de la doncella del valle de Aspe: Marie Asserquet.

El cortejo es sutil: pequeña toma de contacto en los primeros kilómetros, enamorados introvertidos que temen ser evidenciados más adelante. El agua corre por los labios, la humedad te sumerge en la poblada flora que amenaza con atrapar al precavido aventurero.

Cuatro kilómetros recogen el peregrinaje hasta la dama. Momento clave, corazon abierto ante su amor. Las pulsaciones suben, el sudor baja. El cortejo posibilita el baile sobre la bicicleta, sumerges tu vista en el suelo, ella es dueña de tus actos y es deber rendirle pleitesía para coronar en su cumbre.

La niebla presente se dispersa en las últimas curvas. Marie acepta tu presente, el sacrificio hecho carne en tus piernas. Quedan 100 kilómetros y no será hasta el siguiente coloso cuando te percates si la dama ha decidido secar tu corazón.

El descenso, el descanso. Campo abierto en busca del oxígeno robado. Todo vuelve a la normalidad, sigues vivo, tus piernas se mueven, el músculo comienza a distenderse.

Comer, beber, respirar. Calma, conocerse y respetarla. El mantra vuelve, el Portalet también.

Cementerio de ciclistas que se agolpan a ambos lados buscando la paz, sombra que les cobije de un esfuerzo al límite. 28 kilómetros: una vida, un juicio para determinar la gloria, para sentenciar tu  pena.

Conocerse implica saber guardar, respetarla conlleva cumplir el peregrinaje hasta el cielo. La penitencia se renueva en cada señal de kilómetro. Reflexiona sobre lo gastado hasta aquí para encontrar la redención en forma de energía.

El paraje, espectacular, recompensa cada gramo gastado. A falta de 7 kilómetros para el final la parte dura hace acto de presencia. El juez dicta sentencia ante las deidades en forma de viseras. A ambos lados, compañeros con menos suerte recuperan el aliento por un veredicto contrario.

Portalet se engancha en tu cabeza. El descenso aparece, por fin, ante tus ojos. Una mueca de satisfacción aparece en tu cara, pequeñas lágrimas brotan. Eres tu propio héroe.

La estación de Formigal actúa como descenso, sin esquís, a la misma velocidad. Los reflejos se reducen a pesar de la claridad del día. Toque del cuerpo. Conocerse y respetarla.

De la cima al valle. De la roca al agua. El camino serpentea entre lagos y pantanos. El espectáculo te hace adentrarte hacia el último escollo. Las cartas sobre la mesa, la apuesta está hecha.

Desprendo agua y sales de mis bidones. Sin faroles, sin ases escondidos. Solo la pendiente contra tu fuerza. Dos kilómetros y medio de dureza, de mantenerse firme y no arrugarse en los envites. Tu 11% contra mi 27. No flaquear, respetarla.

De repente, un ligero pinchazo en el abductor. Marie Blanque en el corazón, Portalet en la mente. La Hoz de Jaca pide su correspondiente presente. Me levanto sobre la bici, el músculo lo agradece. Juego esa mano.

El hormigón de la carretera indica que la partida está próxima a acabar. La escasa longitud permite que mis cartas pesen sobre las suyas. Hoy yo gano.

El ánimo de los vecinos de La Hoz me empuja hacia el descenso de nuevo. Se forman grupos, todos con sus deseos, sus propósitos. Somos uno hacia Sabiñánigo, nos respetamos por lo pasado, nos conocemos por lo vivido.

El grupo encara la villa cual locomotora. Amalgama de sensaciones de lo vivido golpean las mentes. Un esfuerzo más y un año para saborearlo. Los aplausos, antesala de la línea de meta, te hacen consciente del logro.

Reconoces el sacrificio invertido.

Celebras el esfuerzo vivido.

Te enorgulleces del tesón para afrontarlo .

 

Has llegado.